1. Vista.
Lee todo lo que puedas y observa lo que ocurre a tu alrededor. Abre bien los
ojos. Las ideas están en el mundo real, a la vuelta de la esquina, en un músico
del metro al que puedes dejar mudo o tirar por las escaleras mecánicas, en el
chino del todo a 100 que vende réplicas de tu novia, en la puerta blindada de
tu vecino que esconde un universo paralelo, en el niño rubio del quinto derecha
que muere cada hora y media, o en el mecánico de tu barrio que fabrica espadas
samurái en secreto. Apunta las ideas en un cuaderno, en una agenda, en el
móvil, en la servilleta de un bar o en la palma de la mano, pero apúntalas,
porque se olvidan.
2. Oído.
Escucha las anécdotas del panadero, los chistes de tus compañeros,
las frases hechas del jefe, los refranes de la abuela, la predicción del hombre
del tiempo, los lemas de los anuncios, las letras de las canciones, las oraciones de los medigos, las noticias de los medios, los chascarrillos de los niños y las vivencias del fanfarrón que sube
contigo en el ascensor. Siempre hay una buena historia. Todo el mundo tiene
algo que contar. Escribe esa historia que has escuchado y luego dale la vuelta pasándola
por tu filtro personal. Puede salir algo original de las situaciones
más anodinas y cotidianas.
3. Tacto.
Escribe una primera frase que sea como un bofetón en la cara del lector, que le
deje casi noqueado y la mejilla marcada con los dedos, que suene como las tortas de Bud Spencer en "Y si no, nos enfadamos", pero no lo tumbes del todo, déjalo con ganas de saber más,
de seguir peleándose con ese cuento“pequeñito pero matón”. A continuación, sigue
golpeándolo en la boca del estómago con imágenes tan potentes que apenas le
dejen reaccionar, midiendo las palabras, racionando la información, como si
fueras a ganar a los puntos. Luego baja la guardia y por un momento hazle creer que te puede devolver un gacho, pero cuando te vaya a dar el puñetazo, atízale tan fuerte con la última frase que
caiga KO sobre el folio.
4. Olfato.
Tus personajes están vivos, el lector tiene que olerlos. No cuentes cómo son, muestra
lo que hacen de forma que podamos sentir su aliento, su sudor, su miedo. Permítenos
que sintamos a qué huelen las tablas del escenario en el que se mueven, el
óxido del barco en el que navegan, la gasolina del coche que conducen, la
hoguera en la que les están quemando, como si estuvieran dentro.
5.
Gusto.
Debes pulir tu texto con mimo, con cierto lirismo, con gusto exquisito, como si
fuera un “pintxo” de alta cocina, incluso puedes “deconstruirlo”. Hasta las escenas
más amargas, las más ácidas y desagradables deben dejar un regusto literario.
No te limites a ofrecer tu “tapa” como si fuera una ración de comida casera,
una anécdota sin sabor, no narres como si redactaras una noticia sosa, adereza
todo con sal literaria, que no repita, no empaches con figuras retóricas ni
saques las palabras raras del cajón de las especias, pero tu historia debe
saber a Literatura. Una vez que tengas la idea y los ingredientes y le hayas
dado forma a la masa, cuida la presentación. Reescribe, añade ingredientes, cambia la textura, pon o quita azúcar, y no lo saques del horno hasta que el "pintxo"sea digno de mostrarse en una vitrina a los comensales. Adorna tu plato de manera
discreta, con gusto.
6. Sentido común.
Crea un universo verosímil que funcione con sus propias reglas internas, aunque
sea inventado no puedes saltarte las propias normas del cosmos que has creado.
Incluso los relatos fantásticos deben tener sentido común, si no lo utilizas,
tu texto será engullido por el agujero negro de las ocurrencias. Recuerda:
incluso el caos tiene un orden, y aunque sólo haya cinco sentidos, siempre
hay sitio para seis.