8/18/2006

EL CASTIGO DEL SILENCIO


Eran dos presos de diferente ideología condenados a cadena perpetua, encerrados en la misma celda. Nunca se llegaron a agredir, ni siquiera se llevaban mal. Pero la comunicación entre ellos era totalmente nula. En las únicas ocasiones en las que emitían sonidos era cuando hablaban solos. Pensaban en alto, vociferaban contra sus propios males, pero el otro jamás prestaba atención a las palabras que sólo escuchaba el eco de la gruesa pared. Resultaba más violento que una encarnizada pelea de gallos; dos seres humanos que no se hablaban, mudos a perpetuidad por el orgullo. Ni siquiera se molestaban el uno al otro desde hacía treinta años. Sólo se ignoraban.
En cierta ocasión un guardia le regaló una radio a uno de los presos. El preso siempre escuchaba la radio en un rincón de la estrecha habitación, y acabó tragándose la música que rebotaba en el eco de la pared. Las baterías del transistor se agotaron, pero las canciones subsistían en el interior del condenado. La noche en que murió expulsó del pecho todas las notas. El otro preso cantó con él los versos de su última canción.

6 comentarios:

Lunaria dijo...

La música tiene lenguaje universal a pesar de no conocer el idioma de la canción en cuestión. Yo no puedo pasar un día sin escuchar aunque sea sólo una canción.

.:Elisa:. dijo...

pequeñas cosas pueden llegar a unir grandes brechas..

Cecilia dijo...

este post me asusto mucho... pero mucho...

La hormiguita dijo...

Gran relato.
Saludos.

Libertad dijo...

Un relato que no me deja indiferente, y me hace pensar en la ausencia de las personas que conviven día a día, sin mediar palabra, durante años y años...



Un beso

Musaromana dijo...

El silencio... Necesario y estorboso a la vez.

Aca en la historia el problema no era el silencio, era el orgullo que en ocaciones nos deja mudos al mundo, la indiferencia que nos hace sentirnos impenetrables y vulnerables al mismo tiempo, la apatia que acrecienta la torpeza y la intorlerancia humana que nos aparta del sentido comun.