
El ejército francés tomó posiciones con Napoleón al frente de la formación. Mil alientos de caballo rebotaban en las corazas brillantes y los cascos de la tropa, soldados rudos, listos para la gran batalla. Con el sable fuera de la vaina, los generales miraban de frente al enemigo, un batallón de de blindados estadounidenses, la élite de los marines norteamericanos. El corso dio la orden desde su montura y los sargentos de artillería encendieron la mecha de sus cañones con una antorcha de aceite. Los proyectiles cayeron sobre los tanques del enemigo. Los acorazados apenas se levantaron un palmo del suelo. El general Patton dio la señal y una lluvia de fuego aplastó a la mitad del ejército napoleónico, con decenas de bajas sobre el terreno. Cuerpos mutilados yacían bajo el grito agudo de los morteros y el
ta-ta-ta de las armas automáticas. Era el turno de la aviación, pero cuando le tocaba escupir llamas a esos pájaros de hierro, Napoléon, gran estratega, tomó una decisión que la Historia calificaría como "genialidad absoluta". Una maniobra envolvente de la caballería que esperaba escondida en el bosque rodeó a los tanques americanos, que volcaron tras sufrir las coces de los indomables caballos franceses. Fue el fin del ejército del irascible Patton. Las botas de caña de los soldados galos se mezclaron con restos de marines destrozados. Tras la cruenta batalla, los franceses y los caballos regresaron a sus cajas de plástico, pero los soldados caídos continuaron sobre la moqueta como lo que eran: perdedores, carne de cañón..., plomo.