3/27/2019

LISTA DE ESPERA


—Tenemos un conflicto, pero tú eres un personaje pragmático, reacio al cambio, no tenemos una historia. Quiero el divorcio —dijo Nina con tono solemne. Y las pulsaciones de Carlos subieron a 120 por minuto. A la noche siguiente, Nina metió sus cosas en cajas y a su marido le bajó el pulso a 119. Se despidió de él por la mañana con un portazo y le descendieron a 118. El cuarto día, cuando no le cogió el teléfono, cayeron a 117. Iban bajando una al día. A ese ritmo, dejaría de tener pulso en cuatro meses. Cuando alcanzó las 70 pulsaciones por minuto fue al cardiólogo, pero no vio nada extraño. Ante su estado desesperado, Carlos decidió renunciar a la medicina tradicional, y aunque no creía en los curanderos, acudió a la consulta de un poeta.
—A usted le han robado el corazón —apuntó tras hacerle una radiografía alegórica.  —Ahí puede ver las arterias. Deberían estar unidas a los ventrículos, pero cuelgan en el vacío como cables de la luz pelados —dijo señalando un enorme hueco en su pecho. —No se le ocurra leer sonetos sentimentaloides ni escuchar música triste. En su caso está contraindicado. Le puedo recetar algún autor experimental para que todo sea más llevadero, pero solo como tratamiento paliativo, mera evasión, porque a usted únicamente puede salvarle un trasplante de metáfora. Le apunto en la lista de espera de melancólicos —añadió.
Pese a sus lecturas de poemas de vanguardia, las pulsaciones de Carlos continuaron cayendo en picado, por lo que dio todo por perdido. Decidió practicarse una eutanasia
activa y sustituyó las comedias tontas de  Peter Farrelly por las tragedias intimistas y enrevesadas de Lars von Trier y cambió las poesías dadaístas de Tzara por una sobredosis romántica de Byron, hasta que tuvo una pulsación por minuto. Había llegado su hora. Seguramente, al día siguiente llegaría a cero y moriría de pena, descorazonado. Al menos había cambiado. En ese momento sonó el teléfono de Carlos. Había aparecido un donante voluntario. Acudió caminando muy despacio, apoyándome en las paredes cada dos pasos. Cuando al fin llegó bien entrada la noche, vio a Nina sentada en la consulta, junto al poeta.
—He escuchado al narrador omnisciente decir que has sufrido un cambio —susurró orgullosa, con el corazón en la mano.

(Texto publicado en la antología de la revista Quimera "Los pescadores de perlas". Los beneficios de las ventas irán a la ONG Médicos sin Fronteras. Para comprar, en este enlace).

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